La Teoría de la Cola Larga (Long Tail), que Amazon puso en evidencia, nos enseña que hay mayor volumen de negocio en lo pequeño que en lo grande. O sea, que se puede ganar más vendiendo libros de poca tirada que grandes éxitos. Dicho de otra forma: lo local se impone a lo global. Las decisiones estratégicas para nuestro futuro se están tomando a escala local, en lo inmediato. Las decisiones globales, al afectar a todos de una u otra forma, no marcan gran diferencia.
Las agencias locales de desarrollo son esencialmente instrumentos de actuación cercana pero están sujetas a las variaciones de lo global: clima, demografía, energía, inseguridad…, que arrojan enormes incertidumbres sobre su capacidad de planificación. En tiempos de economías estables, como los vividos recientemente cuando parecía que la bonanza nunca terminaría, la función de una agencia de desarrollo local se centraba en la correcta orientación de los recursos disponibles en función de parámetros de crecimiento conocidos. Hoy, por el contrario, cuando nadie es capaz de prever ni siquiera cómo acabará este mismo año, resulta poco menos que imposible acertar en la planificación a medio y largo plazo. Es entonces llegado el momento de trabajar de otra forma. De asumir que las incertidumbres son irresolubles en el presente y lanzarse al tobogán del futuro.
Estratégicamente, las empresas y organizaciones de ciclo largo han venido trabajando siempre con el futuro como referencia. Por lo tanto, hay metodología, técnicas, experiencia y saber hacer. No se trata de improvisar ni de apostar a la ruleta. Desde el sector aeroespacial hasta el energético, pasando por la salud o la educación, el largo plazo está siempre presente en la toma de decisiones que implican gigantescas inversiones y afectan a millones de personas.
Las agencias de desarrollo local pueden y deben asumir un papel protagonista en la búsqueda de las incertidumbres críticas para su entorno institucional y facilitar al liderazgo público las bases argumentales necesarias para avanzar en el camino de las buenas decisiones.
Alfonso Martínez Cearra es Director General de Bilbao Metropoli-30.
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En la urbanizada Europa, el consumo de agua por habitante y día oscila entre 150 y 200 litros. Para una ciudad del tamaño poblacional de Bilbao, el total diario medio los 61 millones de litros, que se suministran a los grifos de nuestras viviendas y locales urbanos, en general: oficinas, tiendas… Pues bien, como la ingesta diaria de líquido recomendada por persona varía entre 2 y 3 litros, se podría decir que unos 60 millones de litros, debidamente potabilizados hasta la última gota, no se aprovechan para el consumo humano. Además, no todo el líquido que bebemos es agua del grifo; el consumo de refrescos, zumos, colas y aguas embotelladas se ha multiplicado en los últimos veinte años, en tendencia continuamente creciente.
Dejando aparte la industria, un agua no potabilizada serviría perfectamente para los usos domésticos y urbanos, como el riego de jardines, la limpieza y el sanitario. En definitiva, de toda el agua corriente suministrada a la ciudad, solo un porcentaje de alrededor del 1% necesitaría ser potable.
La solución, como ocurre tantas veces, está a nuestro alcance: el reciclaje del agua no potable permitiría reabastecer a la ciudad en el 99% de sus necesidades. Las pérdidas del sistema, en función del clima, se repondrían con la recogida de la lluvia. Por sorprendente que pueda parecer, el diseño urbano del futuro –no tan lejano- prescindirá en buena medida de la costosa red de agua, haciendo que cada núcleo edificado –desde la vivienda unifamiliar hasta el bloque o barriada- gestione el abastecimiento mediante su propia instalación de recogida y tratamiento de las aguas residuales. La tecnología actual permite acceder a este tipo de urbanismo con grandes ventajas de coste, especialmente, en las ciudades en desarrollo o en las ampliaciones de las existentes.
Alfonso Martínez Cearra es Director General de Bilbao Metropoli-30.
Recuerdo cuando era pequeño y los domingos no se vendía pan. Había que comprarlo el sábado y congelarlo para que al día siguiente estuviera decente. Un día empezaron a aparecer tahonas que abrían los domingos y que lo ofrecían recién hecho. El gremio de los panaderos protestó e intentó el boicoteo. Compraban una barra y pagaban con un billete de 5.000 pesetas (hablamos de finales de los 80). Pero todo fue inútil. La gente quería pan fresco a diario, domingos y festivos incluidos. Hoy son muchísimas las tahonas que abren cada día.
Los hábitos de nuestra sociedad han cambiado, y por lo tanto, sus necesidades también. Prácticamente se funciona 24 horas al día los 7 días de la semana durante todo el año. Los usos de los consumidores no son los de antaño.
Por ello, las autoridades han decidido liberalizar los horarios de apertura de los comercios, permitiendo la actividad en determinados domingos (en unos sitios más que en otros). En Bilbao, por ejemplo, se permite abrir en 8 de ellos. Algunas tiendas están intentando ejercer su derecho, pero se han encontrado con protestas de los sindicatos. Los compradores son insultados, y necesitan la protección de la policía. Y eso no está bien.
Yo no sé si hay demanda que justifique la apertura dominical (el tiempo lo dirá). Pero lo que es seguro es que si se confirma la bondad de la medida, supondrá mayores ventas, y por lo tanto, la creación de nuevos puestos de trabajo. Hay una extensa legislación laboral que regula los derechos y deberes de los trabajadores. Y los sindicatos deberían velar por que se respeten esos derechos. Para eso se negocia, para que todas las partes salgan ganando. Pero no se puede increpar a quien decide entrar a una tienda a consumir. No olvidemos que los clientes son la razón de la existencia de sus puestos de trabajo.
Escribo este post desde un país en el que las tiendas no cierran durante todo el año. Y como consumidor tengo que reconocer que la vida es mucho más fácil. ¿Tanto cuesta llegar a un acuerdo que mejore la oferta a los clientes y respete los derechos de los trabajadores?
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Que Bilbao fue puerto antes que villa es de sobra reconocido. Al igual que las minas de hierro abrieron la era de la industrialización y que, como resultado de la riqueza acumulada, se crearon bancos y entidades financieras de primera magnitud.
Así, tres palabras bastaban para definir al Bilbao de mediados de siglo pasado: puerto, industria y banca. Pero cuando estos pilares empezaron a tambalearse, surgió la iniciativa pública de revitalizar el tejido social, económico y urbano del área metropolitana de la ría del Nervión. Con la imprescindible colaboración del sector privado, la década de 1990 alumbró el lanzamiento de numerosos proyectos estratégicos que cambiaron decisivamente la tendencia de declive por una metrópoli de servicios avanzados, cultura y turismo con el Museo Guggenheim abanderando la imagen internacional de Bilbao.
A comienzos del siglo XXI, la reflexión liderada por la Asociación Bilbao Metropoli-30 determinó el paso de las infraestructuras hacia las personas y sus valores. La profunda transformación física en marcha debía ser perfectamente entendida por los habitantes de la metrópoli y aprovechada en su integridad para seguir avanzando en su desarrollo colectivo. Los valores estratégicos de innovación, profesionalidad, identidad, comunidad y apertura aportan el hecho diferencial para la culminación del buen trabajo realizado en infraestructuras y equipamientos porque los beneficiarios últimos del proceso de revitalización son las personas que viven y trabajan en el entorno del Bilbao metropolitano.
Ya en la segunda década de este siglo, los complejos fenómenos derivados de la globalización económica y la estrecha relación entre los mercados financieros parecen arrastrarnos a una crisis sin precedentes. Muchos son los diagnósticos y pocas las recetas curativas. En el Bilbao metropolitano, tenemos ya un camino iniciado: más puerto, más industria y más banca, con las personas y sus valores como eje de todo proyecto.
Alfonso Martínez Cearra es Director General de Bilbao Metropoli-30.
En un reciente congreso celebrado en Bilbao sobre “Comercio y ciudad”, las opiniones eran unánimes: sin comercio, no hay centro urbano. Generalizando, el sector comercial ofrece más empleos y genera más actividad económica que ningún otro. Solo en Bilbao, 17.000 puestos de trabajo dependen directamente del comercio y la estimación de los puestos indirectos nos llevaría fácilmente a triplicar esta cifra.
Además, los espacios comerciales dan vida a la ciudad. La iluminación y el diseño decorativo de los escaparates realzan el atractivo de la calle. Y, aunque se va perdiendo la costumbre, es tradicional que el comerciante limpie la acera delante de su tienda.
En un dato comparativo, el 45 % de los jóvenes no había leído un solo libro en un año pero todos habían visitado con frecuencia establecimientos comerciales. La tienda –y el bar, en nuestra cultura- son los puntos de encuentro naturales de la sociedad. Un tejido comercial diverso abre la ciudad a los recién llegados, inmigrantes o turistas, propiciando su vertebración con los residentes antiguos.
Por otra parte, en estos tiempos de globalización en los que las urbes deben competir en el escenario internacional, la imagen o marca de la ciudad se constituye como uno de los principales factores de notoriedad. Y, en muchas ocasiones, la oferta comercial forma parte sustancial de la imagen proyectada.
El urbanismo moderno, que produce cambios fulgurantes en la trama urbana, debe contemplar al comercio como elemento intrínseco a la modernización y crecimiento de la ciudad. Antes de dibujar las calles y plazas de la ciudad del futuro, pensemos bien dónde situar las tiendas. Los flujos de personas determinan en gran medida el éxito o fracaso o de los establecimientos comerciales. Las calles “buenas” y las esquinas más demandadas son también consecuencia de la planificación urbana y las regulaciones municipales.
Alfonso Martínez Cearra es Director General de Bilbao Metropoli-30.
Jon Zarate es Gerente en “Bilbao Dendak”.