“El blog de Julen Basagoiti. El Profesional del Siglo XXI. Liderar. Compartir. Aprender. Vivir. ¡Otro tipo de empresa es posible!”

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Economía
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21 de Noviembre de 2014
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Si algo bueno teníamos era el Estado de Bienestar y una amplia clase media. Y era bueno para todos, incluido para los que más tenían. No hay más que viajar por el mundo e ir a países donde el reparto de la riqueza es mucho más injusto para ver que la inseguridad es mucho mayor, y con ello, la sensación de intranquilidad.

Sin embargo, “el dinero” decidió que quería más, y con el consentimiento de la clase política, está destrozando el país y las esperanzas de una parte muy importante de la población, sobre todo, si han superado la barrera de los 40 años. Se han utilizado muchos miles de millones de euros del dinero público (o sea, del dinero de todos), para rescatar el sistema financiero, sin exigir, a cambio, que el sistema financiero rescatara a los ciudadanos endeudados que perdieron su trabajo (hay fórmulas que con un poco de voluntad se podrían haber aplicado y se habrían evitado muchos dramas y muchas injusticias).

La pobreza y la desigualdad crecen. Y a pesar de que, objetivamente, hay condiciones para dar la vuelta a la situación, no se vislumbra un futuro esperanzador. El nivel general de la propiedad y la dirección de las empresas españolas es, siendo generosos, mediocre. Por eso están las empresas como están.

Y lo del poder público es demencial. El Gobierno Español ha incumplido su programa electoral desde el minuto 1. Hizo unas promesas y obtuvo la mayoría absoluta hace 3 años. Y desde el primer momento, hizo lo contrario, excusándose en que “la situación era peor de la prevista”. Es como si quedas con un amigo para ir a Madrid en coche en una fecha, y cuando llega el día, os montáis en el vehículo y tu amigo pone rumbo a Barcelona con la excusa de que está lloviendo y que pensaba que iba a hacer sol. Lo que le vas a decir a tu amigo en este caso es que el pacto era ir a Madrid y que, por favor, pare el coche que te bajas.  El PP mintió. Y encima, está hasta arriba de corrupción. En cualquier país normal ya habría caído el Gobierno.

En Cataluña, Artur Mas se ha liado la manta a la cabeza y moviliza a la población (a una parte) reclamando un referéndum para votar por la independencia, cuando los datos muestran claramente que no es la opción mayoritaria (tal y como él reconoció en CNN a la periodista Christiane Amanpour), que no tiene el apoyo de ninguna potencia internacional (Merkel, de hecho, se ha posicionado en contra), ni el de los mercados financieros, y lo que es peor, que Cataluña está en quiebra. Y todo para reclamar un pacto fiscal y obtener algo parecido al Concierto Económico Vasco (que su partido rechazó en 1980 cuando tuvo la oportunidad de haberlo obtenido). ¡Es demencial! No se puede jugar con la buena voluntad de la gente de esta manera.

En Euskadi, el Consejero de Asuntos Sociales, Juan Mari Aburto, hizo recientemente una reflexión sobre si podíamos permitirnos el actual Estado del Bienestar en el futuro, proponiendo la posibilidad de introducir un nuevo impuesto para financiarlo. El lehendakari, Urkullu, apoyó esta reflexión. Y ya puestos a abrir debates, nos podríamos plantear si un país (el vasco), con una población que no llega a los 2,2 millones de personas y con un territorio reducido (las tres capitales vascas están entre sí a una hora de coche), se puede permitir tener el aparato público que tiene, es decir, un gobierno vasco y tres diputaciones forales, o lo que es lo mismo, cuatros parlamentos, tres haciendas, cuatro departamentos de asuntos sociales, de promoción económica,… La Historia y las tradiciones están muy bien, pero recordemos que la administración pública tiene que estar al servicio de su pueblo, y no al revés. El mundo ha cambiado, y tenemos que adaptarnos. Y no acepto que reduzcan prestaciones sociales (sanidad, educación, pensiones,…) mientras tengo que pagar, por ejemplo, dos agencias de meteorología (aemet  y euskalmet) o tres tipos de embajadas en muchos países extranjeros (la delegación europea, la embajada española y las oficinas vascas que hay en determinados países).  Podría seguir buscando más ejemplos, pero no quiero.

Los políticos se han creado su negocio y sus problemas, y a ellos les corresponde arreglarlos. Pero, repito, que nadie me venga diciendo que no hay dinero para prestaciones sociales. En mi vida profesional he tenido que hacer frente a dos procesos de reestructuración empresarial, consiguiendo reflotar ambas empresas, y mi experiencia me permite afirmar que se podría reducir el tamaño de la administración pública en un 40% (y posiblemente, en un 50%) sin que se resienta el servicio al ciudadano. Y no hablo de reducir médicos o profesores. Pero eso es algo a lo que la casta política (porque lo que demuestran día a día es que, efectivamente, son una casta) se niega.

Tengo el honor de colaborar con Bilbao Metropoli 30, asociación non-profit especializada en la realización de propuestas para el desarrollo del país (en este caso, Euskadi) con perspectiva en el largo plazo. Hay posibilidades reales de dar la vuelta a la situación. Pero los que pueden hacerlo, en la parte pública, no dan señales de vida. De hecho, releyendo conferencias que José Antonio Garrido, he descubierto que ya venía avisando de lo que podía pasar desde 1995. Propuso (y propone) caminos para conseguir una sociedad avanzada y justa en todo tipo de foros y ante las personas (autoridades) que tenían competencias y poder para haber implantado sus propuestas. Nada se hizo, y hoy tenemos lo que tenemos.

La naturaleza es sabia, y cuando alguien abusa de su posición en un ecosistema, se encuentra, en algún momento, con que ese ecosistema le vuelve a colocar en su sitio (mediante una inundación, un huracán,…). En lo político-social estamos viviendo algo parecido. Después de tantos años de que nuestros políticos estén dando por el culo (con perdón de la expresión), la ciudadanía ha encontrado una forma de vengarse, que es la irrupción del fenómeno “Podemos”. Particularmente, no me gustan, especialmente que su Dirección esté formada, casi exclusivamente, por profesores universitarios (porque una cosa es predicar, y otra dar trigo). Pero considero que es la “inundación” que hay que sufrir por tanto desvarío y negligencia.

En este artículo no critico ninguna idea política. Nadie está en posesión de la verdad absoluta. Todas las ideas son legítimas (siempre y cuando no signifiquen la eliminación del contrario). Y las sociedades avanzadas nos distinguimos por buscar puntos de encuentro en donde podamos convivir cómodamente. Pero la casta está a otra cosa. Para más de uno que no sabe hacer la “O” con un canuto, se avecinan tiempos difíciles.

Por último, las empresas, sobre todo las PYMES y los emprendedores, tienen un mundo de posibilidades increíbles a su alcance. Pero de eso hablaré pronto desde mi nuevo sitio web (www.julenbasagoiti.com, aún no disponible). He juntado un equipo de profesionales que es un auténtico lujo y que va a poner a disposición de las empresas la “Inteligencia Directiva”. Porque otro tipo de empresa es posible, y hoy más que nunca, necesario.

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(Este post va dirigido por igual a mujeres y hombres, hombres y mujeres. Utilizo el masculino como genérico para hacer más fluida su lectura).

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21 de Octubre de 2014
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En el último post afirmaba que España sufre una crisis de liderazgo que le impide ocupar una posición mucho más desahogada y privilegiada que la que sufre ahora y que, objetivamente, podría tener sin muchos problemas (pero con mucho trabajo). Una de las señales claras que confirman esta afirmación es la ausencia de cultura de asunción de responsabilidades.

Por lo menos, en el sector público y en las grandes empresas, porque en las pequeñas y medianas sí que no hay escapatoria. Supongamos que tienes una compañía que elabora algún tipo de producto alimenticio, y que por un error en alguna fase del proceso, parte de la comida se contamina y llega al consumidor final, provocando una intoxicación masiva. En cuanto las autoridades sanitarias detecten el elemento que ha provocado esa intoxicación (la comida vendida por tu empresa), irán contra ti con todas las armas que la ley les ofrece y te harán asumir la responsabilidad total de lo que ha ocurrido (independientemente de que el error haya podido ser de un operario, de que el utillaje no se haya tratado adecuadamente y estuviera sucio,…). Da igual lo que haya ocurrido dentro de tu empresa, tenía que haber unos protocolos de prevención para evitar que ello ocurriera, y es la empresa y sus máximos responsables quienes tendrán que hacerse cargo de todo lo que ha ocurrido. Es lógico, y es lo correcto, ya que se aplica un principio básico de cualquier manual de dirección: “la responsabilidad no se delega”.

Otro principio básico dice que responsabilidad, autoridad y remuneración deben ir de la mano. En las altas esferas del país parece que se saltaron estas lecciones cuando las estudiaron (si, con suerte, han llegado a leer –no ya a estudiar- algo sobre Dirección). Lo de tener mucha remuneración y mucha autoridad les encanta, pero parece que no les gusta asumir la responsabilidad que también les corresponde.

Lo estamos viendo con la crisis del ébola, donde desde el Gobierno se le ha querido echar toda la culpa a la profesional que se contagió (¡encima de que se presentó voluntaria para tratar a los misioneros enfermos repatriados!). Se hizo con el maquinista del tren accidentado el pasado año en Santiago (que sí cometió un error gravísimo al despistarse mientras iba hablando por el móvil y se olvidó de reducir la velocidad en el punto establecido, pero que no exime a la compañía, y por lo tanto, a sus altos cargos, de no haber puesto todos los medios para evitar que ese accidente ocurriera).

Pero el mejor caso es del PSOE. Cuenta Esther Palomera en el Huffington Post que a los principales dirigentes socialistas se les está acabando la paciencia con el nuevo secretario general, Pedro Sánchez, porque ven que no está a la altura del cargo. Conviene recordar que Pedro Sánchez está donde está porque casi todos los dirigentes principales le apoyaron públicamente (seguramente para perjudicar a Eduardo Madina, y seguramente también, después de haber negociado cómo iban a quedar personalmente en la nueva situación), orientando, de esa manera, a los afiliados que se encargaron de elegir, por primera vez, al principal mando interno del partido mediante sufragio universal. ¡Y todavía no ha hecho 100 días!

Se veía desde el principio que Pedro Sánchez no daba la talla (ni para reflotar a su partido, y mucho menos, para reflotar a España). El puesto le queda grande, y su caída es cuestión de tiempo. Sin embargo, no debería atravesar en solitario la puerta de salida. Le deberían acompañar todos aquellos que le auparon.

No asumir las responsabilidades es no dar el primer paso, necesario e imprescindible, para solucionar un problema. Muchas veces digo que las cosas no ocurren por casualidad, y que los resultados son consecuencia de las acciones que llevamos a cabo. En el PSOE se extrañarán de que sigan sin remontar, cuando no en caída libre. Y los que gustan de estar enredando (los Pepiño Blanco, Bono,  y compañía) buscarán otro mirlo blanco (¿Susana Díez?) que les permita seguir con su cuento.

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14 de Octubre de 2014
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En varios artículos leídos recientemente he visto la expresión “España se va por el desagüe”. Cierto es que la sucesión de noticias que se producen pueden llevar al desasosiego.

El problema (y la gestión) del ébola, el caso de las tarjetas “black” de Bankia, una mejora que no termina de llegar (al contrario, cada vez más fuentes –la última, Joaquín Almunia- anuncian una tercera recesión), los interminables e innumerables casos de corrupción, el nunca resuelto problema vasco y catalán,… Y la lista sigue.

Sin embargo, y mirándolo objetivamente, España se encuentra en una situación privilegiada para disfrutar de una situación muy diferente. El argumento es fácilmente defendible por:

  • Su situación geográfica.
  • Clima.
  • Desarrollo de infraestructuras (red de carreteras, ferroviaria, aeropuertos y puertos marítimos).
  • Calidad del suministro eléctrico.
  • Desarrollo de las telecomunicaciones.
  • Implantación del sistema de salud pública.
  • Capacidad de producción agropecuaria.
  • Gastronomía.
  • Cultura
  • Y lo que es más importante, cuenta con las generaciones de ciudadanos mejor formadas de su historia.

El problema de España es fácil de identificar: falta de liderazgo. No hay líderes, no hay referentes que guíen y sirvan de referencia y de ejemplo al pueblo. En ningún ámbito (política, grandes empresas, patronal, sindicatos,…) hay alguien en quien nos podamos fijar por su buen hacer.

Desde diversos ámbitos (FMI, UE,…) se sigue hablando de la necesidad de hacer reformas estructurales, sin especificar cuáles. Es un modo eufemístico de decir que hay que seguir recortando.

La única (o por lo menos, la más importante y la más urgente) reforma estructural que hay que hacer es la de la Administración Pública, sobredimensionada y lenta en la adopción de las nuevas tecnologías. Y no hablo de quitar lo que podríamos denominar “mano de obra directa” (profesores, médicos, asistentes sociales,…). El mal está en todo ese personal administrativo que los partidos colocan en instituciones y empresas semi-públicas y que suponen enormes vías de agua por donde se escapa gran parte de los recursos públicos. Una vez hecha esta reforma, habría que ver qué recursos hay disponibles para atender las necesidades existentes, y a partir de ahí, priorizar unas sobre otras.

Durante estos años de crisis los distintos gobiernos se han dedicado a subir los impuestos a cambio de menos servicios públicos. En el ámbito privado está demostrado que esa práctica no termina de arreglar los problemas, primero porque los clientes huyen a otros competidores, y segundo, porque las organizaciones tienen menos incentivos para mejorar. Al contrario, las empresas en problemas tienen que buscar vías para ofrecer más y mejores productos y servicios a menores precios y ganar así a los competidores. Creedme, se puede hacer. Eso sí, hay que estrujarse la cabeza y trabajar un poco más.

Si España fuera una empresa privada sería un reto apasionante para cualquier directivo, porque a pesar de los graves problemas, tiene muchísimas posibilidades. Sin embargo, ha caído en manos de un mentiroso, vago y cobarde que es incapaz de dar la cara y tomar la iniciativa. No es de extrañar que todos los indicadores (salvo el de la prima de riesgo, que no depende de su acción, sino del Banco Central Europeo) hayan ido a peor. Y lo más grave es que las alternativas también dan pavor.

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18 de Septiembre de 2014
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Hace algo más de cuatro años escribí un artículo titulado “José Antonio Garrido. Ideas sobre un proyecto-país”. Es triste ver que, transcurrido este tiempo, la situación sigue sin mejorar, a pesar de que en diciembre de 2011 el PP accedió al poder y se suponía que iba a hacer las cosas de otra manera.

Sin embargo, el endeudamiento público ha subido, rondando ya el 100% del PIB, el paro sigue fijado en torno a los 6 millones de personas (no es más alto porque la población activa es menor, lo que es un auténtico drama), el sector exterior vuelve a ser deficitario, a pesar de la bajada de salarios realizada para ganar competitividad,… El único indicador que ha mejorado es el de la prima de riesgo, que sí ha bajado, pero no es por la acción del Gobierno, sino por las medidas anunciadas por Mario Draghi desde el Banco Central Europeo.

Nos han estado machacando últimamente con una supuesta recuperación que aún no ha llegado a la población (“los efectos de la mejora en la macroeconomía aún no se han trasladado a la microeconomía”). Si no se han trasladado es porque la macro, en realidad, no se ha recuperado (algo de lo que vienen hablando, hace ya bastante tiempo, diversos economistas, como Roberto Centeno, Juan Laborda, Juan Ignacio Crespo, José Carlos Díez o Antxon Pérez de Calleja, entre otros). Luis de Guindos ya advirtió el pasado fin de semana de que podíamos encontrarnos en la antesala de una tercera recesión.

En verano, viendo las noticias en distintas cadenas de televisión española, era habitual que cuando hablaban de creación de empleo conectaran en directo con algún periodista que estaba en la calle junto a un camarero recién contratado (empleo dignísimo que, por supuesto, merece todo el respeto). Si por ahí va a venir la mejora del bienestar del país, apaga y vámonos.

Sigue faltando un Proyecto a largo plazo. En la Unión Europea y en España. Se sigue improvisando y tomando decisiones cuya finalidad última es ganar tiempo en lugar de arreglar los problemas que tenemos. Los que están al cargo de la cosa pública se preocupan únicamente por defender unos intereses que no son los generales. El resultado es la pérdida de influencia y de competitividad. El mundo ya no es eurocéntrico.

¿Qué puede hacer, en estas circunstancias, una PYME? A corto plazo no se vislumbra una mejora económica en nuestro entorno. La reflexión que debe realizar una empresa es, por lo tanto, la de la forma de acceder a esos otros mercados que son más pujantes. Y la respuesta determinará la necesidad de repensar sus productos y servicios, donde la digitalización ha pasado a ser una obligación. Hay que mejorar las prestaciones, la logística, la forma de acceder al cliente de una manera más rápida y económica. Eso no se hace de un día para otro. De nuevo, nos encontramos ante la necesidad de definir un Proyecto. Por desgracia, muchas PYMES han ido consumiendo sus recursos en estos 6 largos años que llevamos de depresión.

Es la hora, pues, de la imaginación y la solidaridad en nuestras empresas para conseguir resultados. La contrapartida tiene que ser el reconocimiento mutuo (y la consiguiente recompensa) para cuando la situación mejore. Sin embargo, ¿es ese el espíritu imperante en las empresas españolas?

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10 de Abril de 2014
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Hace poco leí un post sobre las causas de que las empresas españolas no contraten personas mayores de 45 años. Daba una serie de razones, pero no decía una, que en mi opinión, era la más importante: las empresas españolas son, siendo generosos en la apreciación, mediocres.

El domingo pasado hice 44 años. Quizás ello me haga estar especialmente sensible ante este problema.

Si una empresa encuentra que le es más interesante cambiar a un profesional con experiencia por uno junior, porque su coste es menor, quiere decir que, con total seguridad, vende un producto o servicio de bajo valor añadido, con lo que su futuro va a estar condicionado a una batalla continua y dura sobre un número cada vez más alto de competidores (por no existir barreras de entrada).

Se ha simplificado el problema de la competitividad empresarial española a un asunto de costes laborales, cuando hay que buscarlo en unos productos o servicios que no son lo suficientemente buenos como para competir con los de los países de nuestro entorno, ni lo suficientemente baratos como para competir con los de los países emergentes, cuyos costes laborales son muy inferiores a los nuestros.

En el fútbol se ve claramente de qué va la cosa. Los equipos que tienen los mejores jugadores (y por lo tanto, los mejor pagados), son los que ganan las competiciones. Si los directivos del Real Madrid o el Barcelona aplicaran en sus clubes la misma política que aplican en sus empresas, no tendrían a Messi, Cristiano Ronaldo o Neymar en sus filas.  Se les pone los mejores entrenadores y médicos para que rindan al máximo. Y a veces, ni siquiera así se consigue ganar títulos.

Una empresa que no se preocupa de hacer una buena plantilla, formarla y reconocerla (con dinero o con otras recompensas) está destinada al “descenso” (es decir, a su desaparición). Ese es el gran drama de la economía productiva en España.

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