“El blog de Julen Basagoiti. El Profesional del Siglo XXI. Liderar. Compartir. Aprender. Vivir. ¡Otro tipo de empresa es posible!”

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Economía
Estos son los contenidos relacionadas con este tema:


21 de Octubre de 2014
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En el último post afirmaba que España sufre una crisis de liderazgo que le impide ocupar una posición mucho más desahogada y privilegiada que la que sufre ahora y que, objetivamente, podría tener sin muchos problemas (pero con mucho trabajo). Una de las señales claras que confirman esta afirmación es la ausencia de cultura de asunción de responsabilidades.

Por lo menos, en el sector público y en las grandes empresas, porque en las pequeñas y medianas sí que no hay escapatoria. Supongamos que tienes una compañía que elabora algún tipo de producto alimenticio, y que por un error en alguna fase del proceso, parte de la comida se contamina y llega al consumidor final, provocando una intoxicación masiva. En cuanto las autoridades sanitarias detecten el elemento que ha provocado esa intoxicación (la comida vendida por tu empresa), irán contra ti con todas las armas que la ley les ofrece y te harán asumir la responsabilidad total de lo que ha ocurrido (independientemente de que el error haya podido ser de un operario, de que el utillaje no se haya tratado adecuadamente y estuviera sucio,…). Da igual lo que haya ocurrido dentro de tu empresa, tenía que haber unos protocolos de prevención para evitar que ello ocurriera, y es la empresa y sus máximos responsables quienes tendrán que hacerse cargo de todo lo que ha ocurrido. Es lógico, y es lo correcto, ya que se aplica un principio básico de cualquier manual de dirección: “la responsabilidad no se delega”.

Otro principio básico dice que responsabilidad, autoridad y remuneración deben ir de la mano. En las altas esferas del país parece que se saltaron estas lecciones cuando las estudiaron (si, con suerte, han llegado a leer –no ya a estudiar- algo sobre Dirección). Lo de tener mucha remuneración y mucha autoridad les encanta, pero parece que no les gusta asumir la responsabilidad que también les corresponde.

Lo estamos viendo con la crisis del ébola, donde desde el Gobierno se le ha querido echar toda la culpa a la profesional que se contagió (¡encima de que se presentó voluntaria para tratar a los misioneros enfermos repatriados!). Se hizo con el maquinista del tren accidentado el pasado año en Santiago (que sí cometió un error gravísimo al despistarse mientras iba hablando por el móvil y se olvidó de reducir la velocidad en el punto establecido, pero que no exime a la compañía, y por lo tanto, a sus altos cargos, de no haber puesto todos los medios para evitar que ese accidente ocurriera).

Pero el mejor caso es del PSOE. Cuenta Esther Palomera en el Huffington Post que a los principales dirigentes socialistas se les está acabando la paciencia con el nuevo secretario general, Pedro Sánchez, porque ven que no está a la altura del cargo. Conviene recordar que Pedro Sánchez está donde está porque casi todos los dirigentes principales le apoyaron públicamente (seguramente para perjudicar a Eduardo Madina, y seguramente también, después de haber negociado cómo iban a quedar personalmente en la nueva situación), orientando, de esa manera, a los afiliados que se encargaron de elegir, por primera vez, al principal mando interno del partido mediante sufragio universal. ¡Y todavía no ha hecho 100 días!

Se veía desde el principio que Pedro Sánchez no daba la talla (ni para reflotar a su partido, y mucho menos, para reflotar a España). El puesto le queda grande, y su caída es cuestión de tiempo. Sin embargo, no debería atravesar en solitario la puerta de salida. Le deberían acompañar todos aquellos que le auparon.

No asumir las responsabilidades es no dar el primer paso, necesario e imprescindible, para solucionar un problema. Muchas veces digo que las cosas no ocurren por casualidad, y que los resultados son consecuencia de las acciones que llevamos a cabo. En el PSOE se extrañarán de que sigan sin remontar, cuando no en caída libre. Y los que gustan de estar enredando (los Pepiño Blanco, Bono,  y compañía) buscarán otro mirlo blanco (¿Susana Díez?) que les permita seguir con su cuento.

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(Este post va dirigido por igual a mujeres y hombres, hombres y mujeres. Utilizo el masculino como genérico para hacer más fluida su lectura).

14 de Octubre de 2014
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En varios artículos leídos recientemente he visto la expresión “España se va por el desagüe”. Cierto es que la sucesión de noticias que se producen pueden llevar al desasosiego.

El problema (y la gestión) del ébola, el caso de las tarjetas “black” de Bankia, una mejora que no termina de llegar (al contrario, cada vez más fuentes –la última, Joaquín Almunia- anuncian una tercera recesión), los interminables e innumerables casos de corrupción, el nunca resuelto problema vasco y catalán,… Y la lista sigue.

Sin embargo, y mirándolo objetivamente, España se encuentra en una situación privilegiada para disfrutar de una situación muy diferente. El argumento es fácilmente defendible por:

  • Su situación geográfica.
  • Clima.
  • Desarrollo de infraestructuras (red de carreteras, ferroviaria, aeropuertos y puertos marítimos).
  • Calidad del suministro eléctrico.
  • Desarrollo de las telecomunicaciones.
  • Implantación del sistema de salud pública.
  • Capacidad de producción agropecuaria.
  • Gastronomía.
  • Cultura
  • Y lo que es más importante, cuenta con las generaciones de ciudadanos mejor formadas de su historia.

El problema de España es fácil de identificar: falta de liderazgo. No hay líderes, no hay referentes que guíen y sirvan de referencia y de ejemplo al pueblo. En ningún ámbito (política, grandes empresas, patronal, sindicatos,…) hay alguien en quien nos podamos fijar por su buen hacer.

Desde diversos ámbitos (FMI, UE,…) se sigue hablando de la necesidad de hacer reformas estructurales, sin especificar cuáles. Es un modo eufemístico de decir que hay que seguir recortando.

La única (o por lo menos, la más importante y la más urgente) reforma estructural que hay que hacer es la de la Administración Pública, sobredimensionada y lenta en la adopción de las nuevas tecnologías. Y no hablo de quitar lo que podríamos denominar “mano de obra directa” (profesores, médicos, asistentes sociales,…). El mal está en todo ese personal administrativo que los partidos colocan en instituciones y empresas semi-públicas y que suponen enormes vías de agua por donde se escapa gran parte de los recursos públicos. Una vez hecha esta reforma, habría que ver qué recursos hay disponibles para atender las necesidades existentes, y a partir de ahí, priorizar unas sobre otras.

Durante estos años de crisis los distintos gobiernos se han dedicado a subir los impuestos a cambio de menos servicios públicos. En el ámbito privado está demostrado que esa práctica no termina de arreglar los problemas, primero porque los clientes huyen a otros competidores, y segundo, porque las organizaciones tienen menos incentivos para mejorar. Al contrario, las empresas en problemas tienen que buscar vías para ofrecer más y mejores productos y servicios a menores precios y ganar así a los competidores. Creedme, se puede hacer. Eso sí, hay que estrujarse la cabeza y trabajar un poco más.

Si España fuera una empresa privada sería un reto apasionante para cualquier directivo, porque a pesar de los graves problemas, tiene muchísimas posibilidades. Sin embargo, ha caído en manos de un mentiroso, vago y cobarde que es incapaz de dar la cara y tomar la iniciativa. No es de extrañar que todos los indicadores (salvo el de la prima de riesgo, que no depende de su acción, sino del Banco Central Europeo) hayan ido a peor. Y lo más grave es que las alternativas también dan pavor.

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18 de Septiembre de 2014
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Hace algo más de cuatro años escribí un artículo titulado “José Antonio Garrido. Ideas sobre un proyecto-país”. Es triste ver que, transcurrido este tiempo, la situación sigue sin mejorar, a pesar de que en diciembre de 2011 el PP accedió al poder y se suponía que iba a hacer las cosas de otra manera.

Sin embargo, el endeudamiento público ha subido, rondando ya el 100% del PIB, el paro sigue fijado en torno a los 6 millones de personas (no es más alto porque la población activa es menor, lo que es un auténtico drama), el sector exterior vuelve a ser deficitario, a pesar de la bajada de salarios realizada para ganar competitividad,… El único indicador que ha mejorado es el de la prima de riesgo, que sí ha bajado, pero no es por la acción del Gobierno, sino por las medidas anunciadas por Mario Draghi desde el Banco Central Europeo.

Nos han estado machacando últimamente con una supuesta recuperación que aún no ha llegado a la población (“los efectos de la mejora en la macroeconomía aún no se han trasladado a la microeconomía”). Si no se han trasladado es porque la macro, en realidad, no se ha recuperado (algo de lo que vienen hablando, hace ya bastante tiempo, diversos economistas, como Roberto Centeno, Juan Laborda, Juan Ignacio Crespo, José Carlos Díez o Antxon Pérez de Calleja, entre otros). Luis de Guindos ya advirtió el pasado fin de semana de que podíamos encontrarnos en la antesala de una tercera recesión.

En verano, viendo las noticias en distintas cadenas de televisión española, era habitual que cuando hablaban de creación de empleo conectaran en directo con algún periodista que estaba en la calle junto a un camarero recién contratado (empleo dignísimo que, por supuesto, merece todo el respeto). Si por ahí va a venir la mejora del bienestar del país, apaga y vámonos.

Sigue faltando un Proyecto a largo plazo. En la Unión Europea y en España. Se sigue improvisando y tomando decisiones cuya finalidad última es ganar tiempo en lugar de arreglar los problemas que tenemos. Los que están al cargo de la cosa pública se preocupan únicamente por defender unos intereses que no son los generales. El resultado es la pérdida de influencia y de competitividad. El mundo ya no es eurocéntrico.

¿Qué puede hacer, en estas circunstancias, una PYME? A corto plazo no se vislumbra una mejora económica en nuestro entorno. La reflexión que debe realizar una empresa es, por lo tanto, la de la forma de acceder a esos otros mercados que son más pujantes. Y la respuesta determinará la necesidad de repensar sus productos y servicios, donde la digitalización ha pasado a ser una obligación. Hay que mejorar las prestaciones, la logística, la forma de acceder al cliente de una manera más rápida y económica. Eso no se hace de un día para otro. De nuevo, nos encontramos ante la necesidad de definir un Proyecto. Por desgracia, muchas PYMES han ido consumiendo sus recursos en estos 6 largos años que llevamos de depresión.

Es la hora, pues, de la imaginación y la solidaridad en nuestras empresas para conseguir resultados. La contrapartida tiene que ser el reconocimiento mutuo (y la consiguiente recompensa) para cuando la situación mejore. Sin embargo, ¿es ese el espíritu imperante en las empresas españolas?

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10 de Abril de 2014
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Hace poco leí un post sobre las causas de que las empresas españolas no contraten personas mayores de 45 años. Daba una serie de razones, pero no decía una, que en mi opinión, era la más importante: las empresas españolas son, siendo generosos en la apreciación, mediocres.

El domingo pasado hice 44 años. Quizás ello me haga estar especialmente sensible ante este problema.

Si una empresa encuentra que le es más interesante cambiar a un profesional con experiencia por uno junior, porque su coste es menor, quiere decir que, con total seguridad, vende un producto o servicio de bajo valor añadido, con lo que su futuro va a estar condicionado a una batalla continua y dura sobre un número cada vez más alto de competidores (por no existir barreras de entrada).

Se ha simplificado el problema de la competitividad empresarial española a un asunto de costes laborales, cuando hay que buscarlo en unos productos o servicios que no son lo suficientemente buenos como para competir con los de los países de nuestro entorno, ni lo suficientemente baratos como para competir con los de los países emergentes, cuyos costes laborales son muy inferiores a los nuestros.

En el fútbol se ve claramente de qué va la cosa. Los equipos que tienen los mejores jugadores (y por lo tanto, los mejor pagados), son los que ganan las competiciones. Si los directivos del Real Madrid o el Barcelona aplicaran en sus clubes la misma política que aplican en sus empresas, no tendrían a Messi, Cristiano Ronaldo o Neymar en sus filas.  Se les pone los mejores entrenadores y médicos para que rindan al máximo. Y a veces, ni siquiera así se consigue ganar títulos.

Una empresa que no se preocupa de hacer una buena plantilla, formarla y reconocerla (con dinero o con otras recompensas) está destinada al “descenso” (es decir, a su desaparición). Ese es el gran drama de la economía productiva en España.

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18 de Abril de 2013
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Durante mi vida he visto unas cuantas industrias que no han tenido más remedio que reconvertirse. Una de ellas fue la de “Altos Hornos de Vizcaya” (AHV), empresa que hoy no existe y que fue sustituida por “Acería Compacta de Bizkaia” (ACB). Con apenas 300 personas, ACB produce más acero que AHV con miles (más de 5.000 durante la década de los 60). Ello es posible, por supuesto, por los adelantos tecnológicos.

El ajuste fue doloroso. Despidos, conflictividad social,… Son situaciones duras que ocurren en todas las industrias que tienen que someterse a un proceso de reconversión. Son situaciones desagradables, pero la realidad es tozuda y cuando no queda más remedio, hay que afrontarla de frente.

En la actualidad hay otra “industria” que necesita reconvertirse: la Administración Pública. En 1977, un ciudadano español estaba afectado por 3 tipos de gobierno: estatal, provincial y municipal. Con la aprobación de la Constitución de 1978, se le sumó el nivel autonómico. Y con la adhesión de España a la Unión Europea (la entonces conocida como CEE), se le añadió el comunitario.

El 70% de las leyes que nos afectan vienen marcadas desde Europa. Los medios tecnológicos de tratamiento de datos han evolucionado de manera bárbara. Es lógico pensar, por lo tanto, que alguno de los niveles con los que contamos hoy es totalmente prescindible (yo abogo por la supresión de las diputaciones provinciales, incluidas las forales) sin que por ello se resienta el servicio que los ciudadanos recibimos. Quienes discrepan (legítimamente) de esta opinión esgrimen la actividad realizada en el pasado por este nivel o hablan de derechos históricos. Y no dejan de tener parte de razón. Pero el pasado, pasado está. El presente es muy distinto, y el futuro lo será aún más. Y sobre los derechos, todos los trabajadores de industrias reconvertidas tenían muchos adquiridos que no sirvieron para nada ante una situación inviable.

Sin embargo, ningún partido político está por la labor (la propuesta del PSOE la considero un brindis al sol). No están dispuestos a renunciar al poder del que se han ido apropiando durante décadas. Es más fácil decir que tenemos un Estado de Bienestar que no podemos pagar, y consecuentemente, proceder a su desmantelamiento, a pesar de que ello conlleve el hundimiento y la pobreza de personas y empresas.

Pero como he dicho antes, la realidad es tozuda, y se acabará imponiendo. Eso sí, nos aguarda una agonía larga.

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