Madrid y Barcelona pugnan por hacerse con la sede del complejo del juego “Eurovegas” (una réplica de Las Vegas). Promete 260.000 empleos (directos e indirectos) y un impacto de 15.500 millones de € en los próximos 10 o 15 años. Se calcula que el PIB subiría un 0,9%.
Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. El inversor (situado en el ala derecha de los republicanos estadounidenses) exige, entre otras cosas, cambios en algunas leyes para acometer la inversión (supresión de la prohibición de fumar en espacios cerrados públicos y cierta equiparación de la normativa laboral española a la americana –con la consiguiente disminución de derechos para los trabajadores-). Estos cambios legislativos afectan a todas las administraciones del Estado, por lo que su resolución es compleja.
Independientemente del tipo de negocio que supone, con la derivada de la cualificación del empleo que se genera (que da para unos cuantos posts), lo que la actitud de los gobiernos catalán y madrileño nos muestra es la poca confianza que tienen en la recuperación económica en los próximos años.
Entiendo que quien va a realizar semejante inversión intente aprovechar su posición de fuerza para sacar el máximo provecho posible (como por ejemplo, exenciones fiscales que habría que ver si pueden ser consideradas ayudas estatales –no permitidas por la UE-). Pero crear una legislación laboral específica para quien trabaje en Eurovegas, además de ser inconstitucional, supondría crear una discriminación peligrosa frente a quien desarrolle su actividad de acuerdo al régimen común (que sería la inmensa mayoría de la gente). Madrid y Cataluña deberían dejar claro que hay ciertas cosas que no se pueden tocar. Pero de momento, no lo han hecho.
Cierto es que en el momento actual, con un país que puede cerrar el año con 6 millones de parados y con una economía deprimida, este proyecto puede parecer “el gordo de la lotería”. Pero hay caramelos que están envenenados. Y si no, que pregunten en Aragón, que hace años impulsó un proyecto parecido, que finalmente quedó en nada. Los políticos que apostaron por él no quieren saber nada de lo sucedido.
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El Gobierno aprobó hace una semana una nueva reforma laboral, que el ministro De Guindos definió como “agresiva”. Rajoy acaba de afirmar que no va a dar resultados “a corto plazo”.
Me maravilla la facilidad con la que se intenta simplificar la solución de problemas complejos. Desde que estalló la crisis se viene hablando de la necesidad de la reforma laboral. Pero si se mira con detenimiento el paro en el Estado, veremos que hay grandes diferencias en el porcentaje de desempleados en cada autonomía, todas con la misma ley. Por tanto, es obvio que el problema de que muchas personas no puedan trabajar no está ahí.
Roberto Centeno ofrece en su columna de “Cotizalia” de los lunes unos datos muy interesantes sobre la inutilidad de las nuevas medidas adoptadas por el Gobierno. Los podéis ver en el link, pero como resumen, cita que el paro ha subido desde finales de 2007 en un 89% (700.000 autónomos y 1,7 millones de personas con contrato temporal) por causas no atribuibles a la rigidez del mercado laboral (la del pago de la famosa indemnización de 45 días).
Yo soy empresario. No están siendo tiempos fáciles. Creé la empresa en diciembre de 2008, es decir, “salí a la mar en plena tempestad”. Por mucho que abaraten el despido (algo que, egoístamente, me beneficia), o que ahora tenga mayor poder para establecer las condiciones laborales de mi compañía, no voy a contratar a nadie hasta que no tenga demanda que me justifique la incorporación de nuevas personas.
El problema del paro en España, es pues, muchísimo más complejo que el de cambiar la ley laboral. El tejido productivo es el que es y da lo que da. Los cambios en el mismo se tenían que haber preparado en los tiempos de bonanza. No se hizo, y el resultado es que hoy se superan ampliamente los 5 millones de parados, lo que supone una “bomba de relojería” que, de seguir así, en algún momento va a estallar.
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Recuerdo cuando era pequeño y los domingos no se vendía pan. Había que comprarlo el sábado y congelarlo para que al día siguiente estuviera decente. Un día empezaron a aparecer tahonas que abrían los domingos y que lo ofrecían recién hecho. El gremio de los panaderos protestó e intentó el boicoteo. Compraban una barra y pagaban con un billete de 5.000 pesetas (hablamos de finales de los 80). Pero todo fue inútil. La gente quería pan fresco a diario, domingos y festivos incluidos. Hoy son muchísimas las tahonas que abren cada día.
Los hábitos de nuestra sociedad han cambiado, y por lo tanto, sus necesidades también. Prácticamente se funciona 24 horas al día los 7 días de la semana durante todo el año. Los usos de los consumidores no son los de antaño.
Por ello, las autoridades han decidido liberalizar los horarios de apertura de los comercios, permitiendo la actividad en determinados domingos (en unos sitios más que en otros). En Bilbao, por ejemplo, se permite abrir en 8 de ellos. Algunas tiendas están intentando ejercer su derecho, pero se han encontrado con protestas de los sindicatos. Los compradores son insultados, y necesitan la protección de la policía. Y eso no está bien.
Yo no sé si hay demanda que justifique la apertura dominical (el tiempo lo dirá). Pero lo que es seguro es que si se confirma la bondad de la medida, supondrá mayores ventas, y por lo tanto, la creación de nuevos puestos de trabajo. Hay una extensa legislación laboral que regula los derechos y deberes de los trabajadores. Y los sindicatos deberían velar por que se respeten esos derechos. Para eso se negocia, para que todas las partes salgan ganando. Pero no se puede increpar a quien decide entrar a una tienda a consumir. No olvidemos que los clientes son la razón de la existencia de sus puestos de trabajo.
Escribo este post desde un país en el que las tiendas no cierran durante todo el año. Y como consumidor tengo que reconocer que la vida es mucho más fácil. ¿Tanto cuesta llegar a un acuerdo que mejore la oferta a los clientes y respete los derechos de los trabajadores?
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Desde que empezó la crisis, cada día nos abrasan con la mala evolución de los indicadores (la subida del desempleo, de la morosidad, de la prima de riesgo,…), pero hay 3 datos de los que apenas se habla: consumo de televisión, disminución (o eliminación) de sueldos y la fuga de cerebros.
Tal y como nos dice Jose Aurrekoetxea en su post, en España cada persona consumió, durante el mes de noviembre, ¡4 horas y 22 minutos de televisión cada día! Supongo que será una consecuencia de la alta tasa de paro. Es más de media jornada laboral. Y supone que cada persona que está viendo la tele no está estudiando, moviéndose,…, es decir, está malgastando su tiempo. (Por cierto, es paradójico que aumente el consumo televisivo, y por lo tanto, de publicidad, y sin embargo, disminuya el consumo de todo tipo de bienes).
La alta tasa de paro provoca que las empresas tengan más posibilidades de elegir a sus integrantes, y ello está teniendo como consecuencia una rebaja en los sueldos. Lo cuenta David Jiménez en su blog (donde describe ese fenómeno en el mundo del periodismo), aunque ocurre en otros muchos sectores. Para una empresa siempre es bueno tener dónde elegir, pero la experiencia demuestra que a los buenos profesionales hay que tenerles satisfechos para poder dar un producto o servicio competitivo. Es como en el futbol, “lo que funciona no se toca”. Últimamente se escucha mucho la famosa frase “¿sabes cuánta gente está dispuesta a hacer lo mismo por menos dinero?”, frase que un buen directivo jamás utilizará. ¡Así está la competitividad de las empresas en España!
En estas condiciones, es lógico que se de una “fuga de cerebros” (y no hablo de la película) al extranjero, buscando las oportunidades que no encuentran en casa. Mi mujer y yo (que no sé si soy un cerebro) somos un claro ejemplo de este hecho. Cada día siento nostalgia de Bilbao, pero tal y como está el panorama, no tengo muchas ganas de volver.
La opinión pública se preocupa por la fuga de capitales, pero la de los buenos profesionales no es menos grave, y parece que nadie puede pararla. Los que se quedan en casa están mal pagados o se pasan el día atontados ante la tele. Con esta siembra, ¿qué cosecha podemos esperar?
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Muchas veces hemos hablado aquí de la falacia de asemejar el paro con los costes laborales, de manera que son múltiples las voces que hablan de “ajustar los salarios a la situación actual”, es decir, de reducirlos. Muchos de quienes hablan en ese sentido, por cierto, cobran cantidades millonarias (en €).
Y sin embargo, es objetivo que las comunidades del Estado con mayores sueldos (Euskadi, Navarra y Madrid) son las que tienen menor paro. Y también es objetivo que los países europeos de nuestro entorno, todos con salarios bastante mayores que los nuestros, tienen la mitad de la tasa de desempleo. Pues a pesar de todo, la patronal vuelve a pedir la reducción de la indemnización por despido: 20 días por año trabajado en el caso de los improcedentes (y de esos 20 días, 8 pagados por el Fogasa), y 0 en el caso del despido procedente.
Lo que no terminan de decir esos empresarios (no todos pertenecemos a la CEOE) es cuál es su compromiso de creación de empleo si se aprueba la medida. Porque una norma de esta vida es que cuando uno pide algo tiene que dar otra cosa a cambio.
La economía es cíclica (aunque hay quien llegó a pensar que jamás íbamos a vivir recesiones). En España hubo 14 años seguidos de crecimiento (entre 1994 y 2007). 14 años en los que las empresas ganaron muchísimo dinero. 14 años donde el despido improcedente costaba 45 días por año trabajado, y en los que, por cierto, se generó mucho empleo. ¿Cómo se gestionó ese beneficio? ¿Se remuneró adecuadamente a quienes contribuyeron a la ganancia (los trabajadores)?
La mayoría de los empresarios lo somos por voluntad propia. Y las reglas de juego eran bien claras. Querer cambiar normas que no han creado esta crisis no va a arreglar nada.
Si esta es la gente que tiene que sacar el país adelante, ¡pobre país!
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